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Archivo mensual: mayo 2012

Andújar llora su Semana Santa

 

El Greco

 

 

 

Andújar, que lloras sin consuelo tu Semana Santa

cuándo tu nombre cambias por el de Penitencia,

por  sentirte hija dolida y huérfana

te colmas del Carmen, de la Paciencia,

De la Paz y del Rosario, del Huerto y los Dolores,

La Vera Cruz, La Columna, Buen Remedio y La Sentencia,

Nuestro Jesús Caído, Esperanza y Providencia,

Gran Poder, Señor de los Señores, las Angustias,

La Expiración, la Amargura y los Estudiantes,

El Santo Entierro, la Victoria en su Soledad;

y llegando el domingo de Pascua esperado,

el júbilo de tu pueblo se encarama

gritando al cielo y tañendo las campanas,

anunciando la llegada del Hijo Resucitado

a  María, su divina Madre Soberana.

 

Me marcharé…

 

 

Me marcharé

 

 

 

Prendió la mañana con algarabía de colores…

¿Oíste el fútil despertar de las flores?,

venció la luz la sábana oscura de la sombra…

¿Víste en la ingravidez el giro súbito de la aurora?,

huyó el brillo rutilante de las estrellas…

¿Supiste en donde se tornaron prisioneras?,

se parará el reloj del tiempo en mi pulso pasajero…

¿Sentirás en tu mente mi pensamiento postrero?

 

Mi vida se marchará en el lienzo mecido del viento

hacia horizontes más allá de la vista,

y de mi boca desanimada en un tenue gemido

escapará una última despedida,

estas manos se abatirán estériles

como ramas de árbol macilento y lívido,

todos mis recuerdos cesarán al momento,

mi alma se marchará con el sol de poniente

buscando un nuevo cosmos primigenio.

 

Ahogada mi silueta por la silente mancha de la noche

aquella efímera existencia se apagará vana,

solo quedarán cenizas de dónde brotaron lágrimas,

solo pobres despojos de esta lúcida llama

que se yergue todavía en el fondo de mi pecho,

abundante de clamores engarzados en mis palabras.

 

Entonces… ¿Ojearás alguna vez mi pretérito verso?,

¿Recordarás quizás mi ausente mirada?,

¿Echarás de menos en tu lecho mi cuerpo?,

Solo esperaré…mi recuerdo en tus mañanas,

una sonrisa en tus labios frescos y tiernos

cuando Dios te llame a mi lado…en tu dulce madrugada.

 

 

A Nuestra Señora de la Cabeza

 

 

 

 

Vengo a decirte Madre, sangre de mis mayores

que en mi corazón arde una hoguera en la noche,

que mi poema apasionado, rosa de mis pasiones,

quiere abrir el divino broche

que guarda el misterio repujado

de aquella noche de Agosto,

en la que un pastor embelesado

tornó su pobre vida en la alta serranía

siendo el primero en ver tu rostro

y tu embajador para el resto de su vida.

En lo alto de aquel cerro, pediste una ermita

y la cumbre llamó con voz poderosa

a la gente piadosa y sencilla,

y el milagro se obró, Virgen Bendita.

 

Tú, que llegaste  del centro del universo

entronada en una estrella coronada por la luna,

con los ángeles en tus andas,

con tu divino hijo en la cintura

como huella de la proclamada sangre

que fue vertida por nuestra culpa.

Tú, aguerrida y dulce Madre,

que ofrecieras la ofrenda mas dura

que era carne de tu carne,

lo más tierno de tu ternura.

Por Ti, se abrió el cielo…en Andújar,

en el cerro de la Cabeza se esparció la gloria,

Ya por esta bendita tierra abrió la aurora

por los siglos de los siglos. ¡Ave María Señora!

 

Madre mía, laten en los cielos

cohetes que te acercan almas

de antiguos peregrinos y romeros,

que soñaron con tu cara, en sus últimos momentos,

que elevaron sus plegarias

a lo más alto de los cerros;

con vivas de gargantas desnudas,

con banderas centenarias

tremolando la grandeza inusitada

de Tu Alteza Inmaculada,

de Tu regazo inmenso y hospitalario,

de la fe y el cobijo trinitario;

la esperanza de tu pueblo, el sueño de los justos,

el perdón de los pecados.

 

El eco del quejido de tambores

en tu ansiado santuario,

trae y lleva  en su ritmo centenario

el recuerdo de los ausentes

bajo el pecho de sus hijos;

el pulso alborotado de penitentes,

que arrodillados en tus riscos

te encumbran en oraciones

nacidas del gozo inhalado de tu cercanía,

bordadas de Salves y letanías,

colmadas de penas y alegrías,

henchidas de almas encendidas

con la llama de tu gloria divina;

Gloria en la tierra, dulce Pastora, sendero y guía.

 

Los verdes de primavera, se remolinan a tu paso;

ya llegó Abril, el último domingo deseado

y en el arco de tu puerta tantas veces contemplado,

se afanan los anderos enconados en un abrazo.

Ya suenas las campanas, que anuncian  que un nuevo año

los cielos se rasgaron para bajar a esta tierra

el milagro renovado de la Madre que se entrega

por la dicha de sus hijos, con su corazón en las manos,

en sus profundos ojos la palabra del Cristo resucitado,

en su cetro el baluarte del verbo hecho carne,

y el arrope del espíritu en su grácil manto.

Ya en el hondo de los pechos se entumece el aire,

ya las gargantas se resecan, ya se despeña la sangre

por la venas ensanchadas por los pulsos arrebatados.

Esto es romería, pasión, fe mariana que renace;

este es el prodigio, la fuente de la vida, la puerta que se abre

y nos llama hasta tu ermita, dónde tu pueblo reza y grita

a los vientos de tu serrano y bendito enclave;

¡Salve, Reina Madre de la Cabeza, mi Morenita!

 

Madre de las Angustias, bajo Tu cruz

 

 

 

Santa Madre, el alba en tu rostro se muestra

alumbrando el espacio en fulgente plegaria

que conmueve los senderos entre cielo y tierra

al son de una nueva tarde procesionaria

fecunda de cruces, fértil de emociones,

crisol de pasiones, de trascendida renovación

y soñadas añoranzas impregnadas entre las flores

ofrendadas a tus pies, sobre la muda trabajadera

contenida de tu impaciente grey costalera

dormida en sus promesas, henchida de devoción.

 

Tú eres emblema de sempiterna oración

de  excelsos valores grabados a fuego,

eres solar del cautivo venero  de la ilusión

que empapa de gracia a tu devoto pueblo.

Allí, dónde tus siervas de los Desamparados se prestan

al dulce amparo de nuestros mayores,

acoges bajo tu manto tan gráciles favores

que sonreímos glorificados ante la muerte,

frente a la noche acabada del final de los dolores,

de la súbita madrugada , del paraíso prometido

desde allende de los tiempos emprendedores

de la proclama de tu Santo Hijo bendecido.

 

Virgen de lúcida cara, del pálido fulgor,

de la perseverada desventura,

prócer paño de lágrimas derramadas,

plena de luna llena, dibujada de amargura

en sublime y centenaria escultura

por celestiales querubines forjada

y traída a esta tierra, como muestra de hermosura.

Tú, que desgarras la tarde del viernes negro

con la pena inmortal de tu cruento  anuario

apareces malherida por puñales enterrados

en lo más profundo de tu maternal pecho;

otra tarde de angosto arco y de rasar el suelo

de encerados cirios, de olor a incienso,

de semblantes anónimos de morado duelo

que con grito mudo y a paso quieto

van abriendo el camino desde Andújar al cielo.

 

Madre de las  Angustias, del silente sudario

me socava la verdad de  tu Hijo acunado

que muestras dolorosa en tu regazo

sin perderle la mirada, como si el tiempo 

se hubiera parado desde el desprendimiento

de su agonizado cuerpo bajo la Cruz

y en el universo sólo existierais Él y Tú.

He aquí el mayor misterio: muerte y resurrección,

tinieblas y alborada,  germen yermo y romero en flor.

La  primavera  encarnada en Dios,  en un paso acompasado

que nos llena de esperanza, de pendón encarnado,

de suspiros y devoción a la Reina del Dolor,

a la Madre de las madres, a la eterna exaltación

de esta Andújar cofrade, que se muere por tu pena,

por la algarada de emoción de tu noche nazarena.

 

Salve Angustias, por siempre salve.

Madre de la tarde del Viernes Santo,

por siempre Contigo quisiera quedarme

y sentir Tu pálpito diáfano  y tierno

desde Ollerías hasta  la Alhóndiga,

de Santa María hasta tu ansioso templo,

afanada  en el camino del radiante reino

marcando el perpetuo Carmelo en Tu carne

compungida por dolor tan inmenso.

Ojalá yo, aún con mi sangre te lo pudiera quitar

¡Virgen de las Angustias, Madre de Los Cielos!

 

Soy

 

 

 

Sólo soy un mísero vestigio de cuarzo en el desierto,

desdibujado en la calina que abstrae el espacio emborronado de amarillos;

secuestrado por el viento que se precipita desde todo ángulo hacía el vacío;

etéreo, baldío, denostado por la vida, exiliado por incierto.

 

Mas, algo soy qué va, llega y vuelve insistentemente,

aunque mis voluntades sean chasquidos efímeros alumbrados y a la par extintos.

Alguien que de vez en cuando se amotina sin remedio,

que perturbado recorre aviesos laberintos

erigidos en materia infranqueable al asedio.

 

Pero aún soy yo, aquella presencia que no olvido,

ese costal que en su fondo detiene los recuerdos

que horneó un corazón ahora confinado y perdido

en tierra de nadie, en lo más profundo de mis sueños.

 

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