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Archivo mensual: Junio 2013

El muro de la desazón

 

muro

 

 

 

 

Este muro desdentado que se esconde

entre luces y tinieblas pasajeras e invariables

se alza clandestino en mis fondos, en donde

engulle con sus fauces el despojo de mis carnes.

 

Este parapeto que surge en la duda

de los centros del humano se pierde

surcando sin velas, dirigido sin singladura,

vago ante un inescrutable mar que se vierte

entero sobre quién sufre de amargura.

 

Rocas amuralladas, empalizadas agudas,

allí colisionan la bondad, la dulzura,

la inquieta ingenuidad de quién camina

por el periplo de su propia comisura

socavando su alegría que deserta anodina.

 

Farallones, precipicios, muros sin salida,

qué ingente obstáculo me limita

a ceguera incurable, a invalidez desmedida,

mi vista no alcanza más allá…

así es la desesperanza, la fatalidad

que me reduce a polvo sin piedad.

 

Sino de corvo pico sal de mí,

vuela hacia el ocaso sin fin,

déjame a solas con mis cenizas

relamiéndome esta pena,

déjame  llorar, oxidar esta cadena

amarrada firmemente a ti,

apiádate de mí, frena…¡Déjame morir!

 

 

 

Guadalquivir inmortal

 

Guadalquivir

 

 

 

El rio surge amplio como manga ondulada

por la vega sinuosa que se nutre de sus aguas,

fluye con parsimonia heredada del llano

refugiando entre sus pies la piel descarnada

de los altos que quedaron sobre las quebradas

indomables, plenos de riscos vivos y afilados.

 

Se diría que va cantando al son de una guitarra

entre compases de guajiras y de fandangos,

alzando con su voz desgajada un cante hondo

embaucado de tristeza, de soleares gitanas

que se levantan en sus orillas templando

la condena  cautiva de un gran gemido sordo.

 

Los álamos alzan sus brazos y ondulan sus caderas

con sus mandiles de lunares, despidiendo la corriente

que se marcha poco a poco a lomos de un alazán

misterioso con trote engreído en sus maneras,

Qué jinete más consumado monta hacia poniente

sin galope, sin espuelas, sin cabriolas… el río se va,

Guadalquivir inmortal, padre de mi Andalucía paciente,

qué tristeza tan recóndita te corteja en tu perpetuo caminar.

 

 

 

 

Nuestro amor

 

nuestro amor

 

 

 

He visto en tu contorno curvo

tierras fértiles abrazando el aire

como montículos encrespados,

arañando un cielo azul que retuvo

nubes coronadas de donaire

que quedaron retenidas en tu regazo.

 

He yacido entre fantasías a tu lado

mirándote embelesado mientras dormías,

oyendo tu respiración pausada

que zigzagueaba en tus pechos osados

como colinas ovales que predecían

las más dulce de la miel paladeada.

 

He implorado con encomio al futuro

para conservar el trazado de tu pelo

entre mis manos prodigadas

por su brillo intensamente oscuro,

para conservar tu perfume eterno

en lo más hondo de mi esencia imprimada.

 

He nacido para quererte hasta la eternidad

con un amor impertérrito y vibrante

que impregna la creación de Dios sin mesura,

para vivir contigo en simbiosis pasional

en cada borroso segundo, en cada instante,

siempre avistando en tus ojos la ternura.

 

Y llegará el día que se cierren los míos

emborronados por la vida

y mi carne se arrugará entre silencio,

sola quedarás en los inviernos fríos

preguntándote el  porqué de mi partida,

y notarás en tu mejilla un beso, un requiebro,

una lágrima sin consuelo, una caricia desprendida,

y en tu oído muy despacio el eco de un te quiero,

y en tu pecho otoñal el fulgor de una triste despedida.

 

 

Sangre de mi sangre

 

rojo sangre

 

 

 

 

 

¡Sangre de mi sangre! Tú que lanzas

la pasión como bala blanda y penetrante,

con tus níveas gasas

me aliviaste aquella úlcera sangrante.

 

¡Sangre de mi sangre! Ya no me pesa

este costado que sometido te besa,

ya se posó tu aliento

en esta boca que se inundó de tu sustento.

 

¡Sangre de mi sangre! Ya tu mirada sanadora

se cernió sobre mis ojos que ahora no lloran,

ya brotó la dulce llama

del amor sobre el dulce fruto de tu rama,

ya no espero más suerte

que fluir en tus venas hasta el día de mi muerte.

 

¡Sangre de mi sangre!

¡Carne de mi carne!

… ¡Siempre, siempre!



 

 

Recobré la fe

 

reverdecer

 

 

 

 

 

Abre tus ojos y contempla mi dicha

ahora, no escarbes en el hedor del ser

que se apoderó de mí sin buscarlo,

ya solo vivo gozoso para ti mujer.

 

No abrigues dolor por mis palabras

llenas de pasado lúgubre

donde mis soledades se prodigaron

como pasto seco bajo la lumbre

 

Mis pesares ya se marcharon

a bordo de un silencio extenuado

bogando por los mares de la tristeza,

perdiéndose entre oleaje encarnizado.

 

No confundas mi memoria con el presente

porque la duda te hará mucho daño,

olvida los rejones de la pena viva

que te hirieron, que te sangraron antaño.

 

Sueña tranquila, duerme dulcemente,

que mis letras te acunaran por siempre

entre sedas y espuma de nube algodonada

hasta que los cielos de azul se ausenten.

 

Pierde tu quimera vilmente acopiada,

no te disipes en el pasado, olvídate

de la ceniza que quedó difusa en el aire,

no confundas mis versos malditos, alégrate.

 

Sonríe, que todo quedó velado

en el vacío de los espacios de otro mundo,

donde quedó varada mi incertidumbre,

donde se vació la locura, mi negro luto.

 

Ámame sin prejuicio, entre espigas venideras,

yo te amaré sin miedos, entre pulsos gigantes

que oirás para siempre sobre mis suspiros,

sobre el ocaso del sol postrero y llameante

 

Siéntete amada , triunfante, adorada,

ya mi corazón se sacudió el abrojo

que crecía inusitado en el fondo de mi alma,

ya  la cerrazón se hizo luz en ti, ya del despojo

se nutrió convulsa esta existencia ilusionada,

ya la fe apareció de nuevo  irradiada por tus ojos

como una mañana con dos astros en nuestra vida iluminada.

 

 

 

De la locura

 

La extraccion de la piedra de la locura de Jan Sanders van Hemesen, 1555

La extraccion de la piedra de la locura de Jan Sanders van Hemesen, 1555

 

 

 

 

Se abate la sonrisa del hombre

ante la impiedad de la locura

que se vierte con desorden.

 

Nos atrapa siempre a oscuras

con su toga impalpable y extendida,

envolviendo nuestra mesura

con suplicio dilatado de mentiras.

 

El día se transforma en tiniebla,

la noche en grisáceo día,

los lamentos en abismos inmutables.

 

Siempre se manifiesta plena

de sinsabores y escarcha fría,

de rejas de cancelas impenetrables.

 

¿Adónde partieron mis luces, mis umbrales

serenos, los despertares satisfechos?

Aquellos que me arroparon en el pasado,

qué acariciaron antaño este hueco dislocado,

¿En dónde se rompió el nido de mis sueños?



 

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