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Archivo mensual: septiembre 2013

Blanca rosa

 

rosa blanca

 

 

 

Blanca rosa asomada a los vientos

se perdió tu canto en la noche

extenuada de silencios,

tu nieve sedosa afianzó el broche

del libro de mis pensamientos

donde recogía mis secretos

más recónditos, mis alientos

doblegados por la torda madrugada,

ésa que cubre de grises y negros

los pesares del alma subyugada

bajo el redoble del grillo carcelero.

 

Blanca rosa, sublime blonda

de sábana extendida

en el tálamo de la fronda,

tus pétalos son alas sostenidas

que avientan los suspiros

de la luna que te observa

desde su clandestino retiro.

 

Rosa blanca, paz del campo,

sola en tu quietud te abandonas

en el claustro ermitaño junto a la piedra,

como monja pesarosa en su llanto

íntimo que sumiso entona

la hermosura clara de su tristeza,

blanca rosa del verde carmen aroma

arrobada en ternura y singular lindeza,

sobre mi despojado cuerpo te quiero

cobijada en mi postrero lecho bajo la tierra.

 

 

 

 

Otoño

 

otoño

 

 

 

Otoño, crisálida perpetua de un tiempo

de silencios amables, de oro satinado

vas dibujando los árboles en su lamento

que se derrama alcalino y asoleado.

 

En tu vientre nos traes tu inerme efecto

sobre las grises calles que ya sienten tu vestido

de hojas ambarinas que caen en silencio,

mientras las tardes se sostienen en vilo

bajo la fina trama del verde desconsuelo.

 

Ya traes apagado brillo de la luz que emerge

entre los nublados trazos del entregado cielo;

eres magnánimo visionario de la blanca nieve

oculta en los algodonales que pulsan el suelo,

volátil hálito que de miel montaraz exhala

su esmalte sosegado, su etéreo sueño incierto.

 

Otoño, el de las mañanas brumosas,

traes algarabía de pájaros que ciegan

los añiles amaneceres del verano dormido

imponiendo tus tinturas en ocres hermosas,

tú abres brazos nobles a los días que llegan

solitarios a lomo de corceles entristecidos,

y en las noches enfervorizadas de ardientes

ocasos se miran tus ojos tristes y abatidos

como espejos oreados de un horizonte breve,

mientras tu corazón precario lleva en sus latidos

la cantinela vieja de la lluvia que asomada ya se siente.

 

 

 

 

Una lagrima tuya

 

lágrima

 

 

 

Cayó de tus ojos una lágrima

cuando me dijiste te quiero,

era un aljófar de lástima

rompiendo una nube del cielo.

 

Era un prisma de anhelo

recorriendo tu mejilla,

roseando con esmero

el sin sabor de tu asfixia.

 

Tibia agua de romero

destilada en corazón

vencido, sin consuelo

en el trance de tu pasión.

 

Mis dedos secaron tu pena,

mi boca musitó un te amo

y mi palabra zanjó la ofensa.

 

Se ahogó tu llanto en la arena,

mis labios rodearon tus labios,

murió la noche, se secó el agravio,

resplandeció tu cara como luna llena.



 

Sufrir el camino

 

huellas

 

 

 

Vuelvo la mirada hacia el camino,

las huellas dejadas se pierden yermas

en los confines que cubren la senda

del remoto y pretérito destino,

son como cicatrices cubiertas

balbuciendo las horas vividas

entre sombras y luces ya fulminadas,

de un pasar arañando a la azarosa vida;

quedaron atrás las etapas pasadas

sumidas en el tiempo efímero y fugaz

que desde su morada no volverá jamás.

 

La vereda se estrecha hacia el futuro,

peñas y eriales se otean en la lejanía,

el cielo se muestra opaco, oscuro

el horizonte, interrogante la cercanía,

he de seguir mi camino despojándome

del polvo que cubre mi cuerpo cansado,

he de emblanquecer mi carne lavándome

en los arroyos seniles que surgen esquilmados,

he de procurar para mi liviano sustento

el amparo de la luz y el fuego en la noche fría,

la melodía del pájaro avizor, la compañía del viento.

 

Debo seguir marchando, recorriendo sin prisa

esta huida, esta línea marcada como profunda herida,

ésta que nunca cicatriza, que nunca se extingue ni para,

¡Cuánta ansia se inquieta bajo esta infausta alma,

cuánta desesperación, cuánta mórbida desidia!

Solo me queda corazón para latir, piel arrugada

para sentir como me duele esta menguada vida,

la razón ya la perdí en mi éxodo, ya no me queda nada…

solo andar desnudo, lapidar el tiempo, solo la ida, solo la llegada.




 

Vengo de mirarte

 

mujer acostada

 

 

 

Vengo de mirarte dormida,

tus ojos encerrados como perlas

ocultan el misterio de mi vida,

tu boca suspira entreabierta

veneros de agua bendecida,

tu pelo precipitado se mantiene

sobre la almohada enternecida,

mientras en su regazo sostiene

tu ensueño de rosa alejandrina.

 

Mis penas se abaten hechizadas

contemplando tu ternura reposada,

mis ojos sedientos se emborrachan

gustando del dulce vino de tu alma,

el que se destila, ése que se proclama

entre las curvas pletóricas de tus gracias.

 

La luz bruñe leve tu figura ensalzada  

y el tiempo cautivo en ti se vacia,

como ánfora de fértiles formas

por su bocana derrama el agua.

 

Excluidas quedaron las grises sombras,

a tus pies se echó mi prendida llama.


 

Ven junto a mí

 

Ven junto a mí

 

 

 

Ven junto a estos brazos que te esperan

mujer de mis pensamientos,

no te demores que abiertos desesperan

 

por trabar tu cuerpo de diosa temprana

con un lazo turbado en mi entrega

plena de la ternura que en mí emana.

 

No dudes, no hagas más cara tu ofrenda

que mis latidos inmensos se muestran

y mi boca te anhela profunda y abierta.

 

Estos mis labios ya arden en dulce hoguera

soñando cruzar tu virginal morada

para inundarla en caricias y después besarla.

 

Ven junto a estos brazos que te esperan

y llenaré tu cuerpo de tupidas primaveras,

no dudes, no hagas más cara tu ofrenda,

mi alma se enerva oprimida,

ven hacia mí…te daré mis sueños, mi vida,

un camino repleto de verde, mi plácida senda.

 

 

 

 

 

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