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Mi diario II

¡Levántate y anda!

 

salvacion

 

 

 

La información es un arma primordial para el manejo de cualquier sublevación. El conocimiento no es nada si no se comparte. El proceso de reeducación es imprescindible. El dar salida a tus miedos y pedir ayuda, la paciencia, el arrebatar la autoestima de tus entrañas aún cuándo te sea insufrible, el ser tú… tu mejor amigo.

Estos preceptos han de ser seguidos férreamente para conseguir vencer a tus sombras y alcanzarlos sigue siendo tras una década el primer propósito de mi lucha diaria, mi particular proyecto de vida.
 
 
Cuando irrumpen los cambios bruscos en nuestras vidas, como en el caso de padecer el trastorno bipolar, no podemos creer que “esto” nos esté pasando a nosotros. Desgraciadamente hemos sido diagnosticados, prácticamente siempre, tras sufrir una crisis maníaca, que para colmo de males, nos repercute en nuestras existencias como una riada que se lleva prácticamente todo. Así que nos encontramos de golpe tomando unas medicinas de por vida, con una etiqueta y teniendo que reconstruirnos.
 
Parece muy desolador y generalmente los principios lo son. Pero a medida que vamos aceptando el hecho de que unos neurotransmisores no funcionan del todo bien y que posiblemente un sustrato de carga genética hace que esto sea así y que no somos responsables de haber desencadenado una crisis, iniciamos el recorrido que nos puede llevar a la normalidad.
 
Tenemos que tener fe en la medicina, constancia y mucha, mucha paciencia. En cierto modo nos hemos tenido que hacer de nuevo, y puedo aventurarme a decir que una vez lograda la estabilidad somos todas personas más ricas, más capaces de comprender, tolerar y ayudar a otros. Si el sufrimiento se controla (y se puede) se consigue de alguna manera elevar las cotas de humanidad previas al diagnóstico.
 
Sabemos que es fundamental contar con un tratamiento psiquiátrico adecuado. Las medicinas son nuestras velas para navegar. La relación con el médico tiene que ser por fuerza estrecha, fluida y clara. El papel de la familia es importantísimo, necesitamos que se involucren para conseguir volver a la normalidad. Para ellos también supone un cambio radical en sus formas de vida y necesitan contar con la información necesaria para poder sobrellevar la irrupción de un cambio brusco en su cotidianidad. El aporte de la psicología y la psiquiatra nos ofrece información y pautas.
 
El sueño es nuestro timón. Hemos aprendido por propia experiencia que sin él todo va mal. Es la quilla de nuestro velero y yo me atrevería a decir que es hasta el viento.
 
El ejercicio, la dieta, disfrutar de las cosas agradables que nos puedan gustar, crear en la escala que podamos nuevos horizontes, relacionarnos con el mundo y no quedarnos lamiendo nuestras heridas…¡¡no permitir auto excluirnos de la marcha del mundo!! Insertarnos, saber que somos valiosos y que el hecho de tener un trastorno de este tipo no nos descalifica, sino que nos engrandece porque hemos conocido mil mundos en uno.
 
Es una tarea posible: ser feliz con el trastornillo. Sabemos que tenemos que aprender a evitar el estrés o a saber manejarlo. Sabemos que esto es una circunstancia en nuestras vidas y nunca nuestra esencia. Nuestra identidad es mucho más que unos neurotransmisores un tanto averiaditos.
 
Podemos crear hábitos para ayudarnos unas veces a no caer en la apatía y la desidia, otras,  en el desbarajuste y la embriaguez de la euforia  Tenemos que creer en nosotros mismos y en nuestras capacidades. No podemos permitir ahogarnos en la autocompasión. Somos personas acostumbradas a luchar que nos integramos en el mundanal ruido y que al mismo tiempo sabemos que el todo contiene variados  prismas.
 
El estigma indudable que existe en nuestra sociedad es una lacra nacida del miedo de los otros hacia lo diferente. Nuestra posición es no “auto limitarnos”, no creernos ese estigma porque eso nos limitaría y paralizaría.

 
 
Abre las manos sobre tu mente y dite… ¡Levántate y anda!

Y… ¿andarás?

Algo jodido… ¡pero andarás!

 

 

 

 

A horas plenas, a horas vacías

 

A horas plenas

 

 

 

Me han dicho en repetidas ocasiones que soy un ser lúcido. No hace falta poseer varios títulos para serlo. Tal como lo vivo yo, al otro lado de la definición: las cosas encajan en tu cabeza y así las expones. Es un misterio cómo la cabeza trabaja y recibe esa luz, se ha estudiado por supuesto pero yo no noto lo que dicen esos estudios, percibo algo no material que crece y se forma y soy capaz de sacarlo de mí. A veces, tengo que meditar antes de dar una opinión, rebuscar en mi mente esas luminarias  y no dejarme ni una, es como formar un enrevesado puzle y eso siempre me gustó.

 

Tengo ideas brillantes, o absurdas, o ambas cosas, creativas o no. Ante la misma premisa recibo dos reacciones: una la apoya y celebra esa aportación, otra me dice que estoy “ido” y me desacredita por completo… idea y persona en el mismo paquete.

Los bipolares somos seres lúcidos. También se dice eso de aquél que presume de tener una cabeza bien amueblada u ordenada. ¡Qué curiosidad!, se han apreciado diferencias en los cerebros de bipolares respecto al cerebro “sapiens convencional”. Si esto es genético, debemos ser mutantes, o una variedad, como lo llamen. Y lo jodido…lúcidos, cabezas pensantes y juicios sólidos, ergo no somos menos “sapiens”.

 

La inteligencia dice “calla”, pero las impresiones traicionan, ese es el problema bipolar, el no poder controlar las emociones.

Por lo “vividohasta la fecha, hay dos lapsos que pueden presentarse en la vida de un bipolar, en ambas la lucidez se disipa. Estos se ubican en los puntos más alejados de los extremos, de los polos. Por arriba y por abajo, el paciente piensa que es consciente pero su pensamiento y noción sobre la realidad están distorsionados por un desequilibrio químico cerebral, una brecha, ya sea maníaca o depresiva.

 

Y particularmente yo lo recuerdo todo a la perfección: Unas veces, sentía que me iba a estallar la cabeza por la desmesurada intensidad del flujo mental, no dormía porque las ideas venían y se entrelazaban creando inverosímiles fábulas que explicaban mis actos y hasta mi propia vida. Otras, la sombra se apoderaba de mí y no atinaba a articular ni una sola palabra, ni andar sabía, ni tan siquiera pasaba  por mí el tiempo… estas son las páginas en blanco de mi existencia.

Esas son las dos caras del espejo… una cóncava, otra convexa. Yo he entrado por ellas y ahora en presente, puedo decir que he conocido en vida lo que es el cielo y el infierno.

 

La gente no concibe cómo una persona lúcida puede estar enferma, precisamente, por algo “en la cabeza”. Hay muy pocos que entiendan que el enfermo no “está mal de la cabeza”, tiene algo que no le funciona, pero ese algo no es la inteligencia. La inteligencia está ahí y no se toca, ni la medicación lo hace cuando no es agresiva.

El trastorno bipolar es, mil veces habrá que decirlo y diez mil repetirlo, la enfermedad de las emociones, de la tristeza, de la alegría, del sufrimiento, de la empatía; cómo no…del éxtasis y las tribulaciones de Santa Teresa y San Juan de la Cruz; emociones lúcidamente experimentadas como cortes limpios de cuchilla en la mente, que pueden ser racionalizadas, pero que yo no puedo explicar.

 

Ya han pasado doce años en terapia y ese es mi trabajo. Llevo muchos años, muchos días, muchas horas en ello, aquí…a horas plenas, a horas vacías.

 

fp

 

 

 

 

Crónica de un capitulo de mi existencia

 

guerrerodeluz

 

 

 

 

Mucho antes de ser diagnosticado acudí algunas veces y muy a pesar mío al médico.  Siempre bajo un fuerte estado de ansiedad y abatimiento, pero nunca tuve en cuenta hacerlo cuándo era un torbellino de desparpajo y vivía fases de un milagroso optimismo.

 

Curiosamente, sólo pedimos apoyo cuándo sufrimos un malestar. Sin embargo, yo jamás consideré cómo extraños aquellos  frecuentes períodos de vigor inusitado por los que transitaba desde mucho tiempo atrás. Al contrario, mi impresión era que esos estados eran inherentes a mi ser.

 

En estas valoraciones equívocas pienso que tuvo mucho que ver mi desmedida soberbia, fruto de la perturbada desazón de aquél  que en su niñez  sintió un fuerte complejo de inferioridad y que pasados los años creía en que la vida me había hecho por fin justicia.

 

Yo había mutado en una fascinante metamorfosis, me había convertido en un guerrero insaciable de poder, teniendo como único y anhelado objetivo escalar en mi trabajo.

 

Mi  máximo adversario era la propia humanidad, aquella que durante mi infancia me había ninguneado y humillado. Me encontré inmerso en una razia perpetua, sin patrones ni medidas…una yihad cuya bandera era recobrar todo aquello que durante años se me había negado y que por mérito propio me pertenecía.

 

Mi mundo se volvió espartano, para mí sólo existía una única razón de vivir… la lucha y un único círculo de existencia… el trabajo.

Mi primera cruzada se extendió casi quince años, en los cuáles mi armas fueron cada vez más refinadas, mi obsesión más obstinada y tenaz.

 

Sólo en una esquina retirada de mi mundo, existía una pequeña isla dónde el fin de semana volvía para descotar mi coraza y descansar. Allí, siempre me esperaba mi recelada ama junto a mis hijos que ajenos a mi frenético desasosiego toleraban a duras penas mi quimera. La intendencia  familiar siempre residió sobre los castigados hombros de la madre. Ella siempre fue la más magullada por mis desmanes.

A ella, la distingo como la axiomática figura que bajo mis oscuras noches supo guardar en sus angustiadas jornadas una pequeña llama, alimentada por su cada vez más tenue esperanza en el poder del amor.

 

Mientras tanto, poco apoco mis triunfantes batallas se culminaban, así cómo mis horizontes. Para entonces ya mi alma existía trascendida en heridas y mi mente navegaba zozobrada a la deriva sobre un inmenso océano dónde las ideas antes tan inmediatas ahora cedían ante una sombra cada vez más intensa. Sentía cómo el mundo se desintegraba  a mi alrededor y la angustia se apoderaba de mí. Era el final de los días… aquella empresa dónde invertí mi juventud, mi vigor, mis sueños,…se hundía.

 

Mi fortín, mi feudo, desmayaban y yo me ausenté…ya no sentía el aire, ni la luz iluminaba mis pasos; quede callado, atónito, vano de savia, indolente y estéril.

No supe o no pude reaccionar, me deje arrastrar por las tinieblas y un miedo irrefrenable se apoderó de mí.

 

Noté como un halo de oscuridad me envolvía; los pilares que habían sustentado mi existencia hasta entonces se precipitaron estrepitosamente, mi vida resultó aplastada en un parpadeo, aún no tengo conciencia del tiempo que paso por mí sin dejar rastro, diría que estuve muerto o quizás aprisionado por una viva pesadilla.

 

 

sirenas

 

 

Aparecieron mis fantasmas, los cantos de sirena que empujaban mi razón hacía los rocosos acantilados de aquél finisterre. Mi mente se colapsaba ante conspiraciones universales  y advertí como un sinfín de rostros anónimos me seguían desde cada esquina. En aquel momento descubrí el pánico, oía como mi pulso se desbordaba  y la sangre era un frío vómito interno que se precipitaba por mis venas. Quizás esta conmoción se adueño de mí en horas, en pocos días, como mucho en unas pocas semanas.

 

A partir de ahí, mi instinto de protección me dirigió mecánicamente hacia aquella pequeña isla a la que nunca antes hice aprecio alguno, pero incluso allí no estaba a salvo. Una tropa de objetos diversos me vigilaban, otros albergaban sistemas de escucha y al otro lado de las afianzadas ventanas presentía códigos, señales mediante reflejos de luces o determinados sonidos que contenían un lenguaje que aún ignoto para mí, adivinaba tenía un claro origen ofensivo.

 

Mi alerta se sucedía durante día y noche, sin descanso, sempiterna, inagotable… sobre todo aterradora. Mis sentidos se agudizaron cómo nunca antes había experimentado, mi mente procesaba y procesaba estímulos incesantemente. El límite de mi resistencia se desvanecía  precipitadamente con el paso de los días. Entonces, ya no pude más, brotó como torrente en mis ojos dispersos el llanto del desesperado.

 

Más allá, creo que inconscientemente me arrastré hasta hallar abrigo en un intangible éxodo de retorno hacia el seno de la diosa madre. Tan penetrante fue aquella experiencia que jamás alcanzaré a olvidarla.

 

Hoy,  creo vehementemente que alcanzando mi último día, en los postreros minutos de mi existencia, allí encontraré de nuevo mi amparo tras cruzar la frontera de la muerte.

 

 

fp

 

 

 

 

 

 

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