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Mi diario III

Mis tres estaciones del año

 

Mis tres estaciones

 

 

 

Buenas madrugadas,

 

No llevo el control exacto, pero debe hacer como seis semanas en las que estoy pasando por una nueva fase de hipomanía leve.

 

Con el tiempo he aprendido a reconocer mis estados y a practicar  el autocontrol (en la medida de lo posible y con la ayuda del Ziprexa). Mis días se vuelven intensos, amplios de horas, incansables. La hiperactividad se adueña de mi mente y mi cabeza no para de procesar ideas, planificar tareas que no se acaban nunca. Mi agenda se llena de apuntes a diario y a diario se emborrona de tachones por las anotaciones que ya lleve a cabo, así un día tras otro… ¡Soy un “maquinón”… de carne y hueso, pero alimentado con batería de recarga indefinida!

 

Lucía, como mi terrenal ángel de la guarda, intenta seguir mis pasos a duras penas,…pero ella es humana y está hecha un guiñapo. Y yo, aun doliéndome el alma por verla desfallecida, extenuada, al límite de sus fuerzas; yo,  no puedo evitarlo… ¡Me duele tanto! 

 

Este año, para más “INRI” me llegó el turno y soy presidente de la comunidad de vecinos, por tanto: una nueva responsabilidad a añadir a mi lista personalizada de trabajos en curso. ¡Si, hablo de trabajo!, porque así es cómo mi mente entiende cualquier tarea. Tareas que cualquiera de los mortales deja pasar sin mover ni una pestaña, “escaqueándose“, pasando olímpicamente de molestarse en ejercerla ni un poquito. Yo en toda mi vida, nunca supe encontrar el punto medio… ¡Así me va!

 

Ya son las siete de la mañana, Lucia se levantó, está en el baño. Antes, se asomó a mi puerta levemente para intentar ver lo que estaba haciendo y se retiró preocupada. Es viernes y tiene que ir a casa de su tía Antonia a “hacerle las escaleras”. Ella se desvive por todo el mundo, no he conocido jamás a nadie tan bondadoso, pero su afán es otra historia.

 

Me tengo que ir muy a pesar mío. He de esforzarme en normalizar la mañana: preparar los cafés, tomar la medicación, hacer algunos comentarios a Lucía y disimular todo lo posible mi flujo de energía. Para colmo de mi “ángel custodio“, el martes fuimos al médico para que “viera mi resfriado”  y la buena doctora, va, me ausculta y me diagnostica una bronquitis… ¡todavía estoy viendo la cara de mi Luci!, ¡pobrecilla mía!

 

Ya huele a azahar en las calles, la semana próxima llega la romería…otra que nos perderemos porque me descontrolo al querer hacer lo mismo que los demás: pasarlo bien, beber, comer, salir, entrar, ir, venir, cantar y tantas otras cosas. Pero yo no soy exactamente cómo los demás, ya lo estoy asimilando y le hago más caso a mi “Pepito Grillo”. Suspiraremos viendo la procesión del domingo por Canal Sur, ocultaremos nuestras ansias de estar allí, en “La Virgen” y llegará el “lunes de resaca”, gracias a Dios.

Un año más que los miedos ganaron a nuestros desvelos.

 

Pero, somos medianamente felices. Deseo plenamente que pronto se apacigüe la fiera que llevo dentro, me llegue la eutímia (que ojalá se quede mucho tiempo entre nosotros), después cómo siempre se nos hospedará “el bajonazo”. Hablo en plural porque esto, de algún modo, llega a somatizarse en quién lo vive contigo.

 

Así cuento yo los años, para mí existen sólo tres estaciones: la manía, la eutímia y la depresión.

 

 

 

 

Ahora… ¡que claro lo veo!

 

Ahora

 

 

 

Diez años han pasado, mejor dicho: Se deslizaron por mí diez años desde que administrativamente me declararon roto… roto porque me hice añicos.

 

Si vuelvo la vista atrás, creo recordar que mi particular desparramo comenzó mucho tiempo atrás, desde mi niñez. Cómo si hubiera pasado ayer, puedo percibir el olor de aquel camastro lanoso de piel de oveja que visitaba durante las tardes de siesta, en mis obligados retiros al cuarto último. Allí, era dónde avivaba mis entelequias, mi mente escalaba ya hacia objetivos un tanto “sui géneris”.

 

Serían finales de los 60, seguro que todavía no había hecho mi primera comunión; percibo el marrón nogal de aquella vieja cómoda con el barniz desnutrido y sus puertas onduladas de chapa fina; en ella, desde el suelo, arrastrándome sobre mi espalda alcanzaba a sus bajos y allí escribía con aquel mordido lápiz recomido por los afilados con navaja mis efímeros enigmas, mis infantiles intrigas dejadas para contestarlas en el futuro… ¿Qué será de mi vida en el año 2000, existirá el mundo, viviré, estaré casado, tendré hijos, en que trabajaré, cómo será mi casa, tendré un coche, cuál será mi aspecto? y un sinfín de preguntas más que asaltaban mi precoz inquietud por el futuro.

 

Analizando aquel niño hoy, desde mis 51 años, me atrevo a pensar que su presente no fue precisamente feliz; estaba cojo de carencias, pleno de inseguridades y ya poseía un creciente complejo de inferioridad, que a diario alimentaban “los amigos de la calle”. Ese niño era gordito, introvertido hasta la mudez, mamá o la mama “Cesa” lo vestían con la eterna e impoluta camisa blanca de “azulete”, dos o tres pantaloncitos “arreglados” y zapatos “Gorila”, todo legado de su primo Manolín, hijo de próspero taxista.

 

El pasado, el presente, el futuro. Punto de partida, trayecto y destino de un accidental viaje que nos lleva inalterablemente hacia un eterno “loop”  que se mueve en el espacio-tiempo. Todo permanece quieto, sólo nosotros a duras penas nos movemos dentro de un ínfimo segmento de una elipse transitoria e inalterable.

 

Ahora… ¡que claro lo veo!

 

“El tiempo es cuestión de tiempo, la vida es cuestión de vida,
la vida dura un momento, el tiempo toda la vida”.

 

 

 

 

Lo que no te digo…

 

equilibrio

 

 

 

Ya sé que no es fácil convivir conmigo. Quiero decirte amor que cada vez deseo más darte armonía. Gracias a mi tratamiento, a mis tutores de salas blancas y gracias sobre todo al aprobado “por los pelos” que conseguimos juntos durante todos estos años estudiando nuestras particulares licenciaturas en Psicología y Psiquiatría, ya sabes que mis oscilaciones se han limado lo justo.

 

Ya no tengo miedo a las cimas ni al abismo, porque de tanto subir y bajar mis neuronas se adiestraron. Sólo temo a tu cansancio.

 

Tú y yo, que apenas hablamos, aprendimos a hacerlo de otra forma. Has asimilado mi lenguaje no verbal, has sabido ADIVINARME. Ahora, ya sabes cuándo necesito un abrazo y cuándo necesito alejarme porque la soledad será lo único que soporte.

 

Al menos, hoy puedo reconocer el buen camino y quiero implorarte: ¡No dejes que te gane la partida!  ¡Nunca!, porque te quiero.

 

Engáñame, que te perdono. Inventa pretextos para salir de casa. Necesito de tu ilusión, porque yo no la tengo cuando estoy mal, ni ganas, ni sangre en las venas. El aislamiento te engañará también a ti, te propondrá ver una película o te dirá que hace demasiado frío, o que hoy me sobrepasé en el gimnasio.

 

Seré difícil, a veces insoportable, pero tú sólo piensa que siempre te querré, como lo hago cuando conseguimos disfrutar de fugaces soplos de alegría.

 

¡Tira de mí! Tira de mí porque te necesito cariño. Te necesito como la persona a la que amo, y no quiero… no quiero pensar que esta intangible pared nos impida seguir siempre juntos.

 

Te seguiré escribiendo, y cada vez te repetiré hasta la saciedad…qué no te dejes arrastrar por mí.

 

 

 

 

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