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Cuento para una mañana de Mayo

 

Sauces

 

 

 

Paco se despertó inquieto en aquella mañana de Mayo. No lograba percibir el porqué, pero había en su mente una conmoción extraña… cómo cuándo algo va a suceder.


A medida que iba emparejando su matutina rutina, esa sensación perdió importancia y mediada la mañana fue desapareciendo el tintineo de esa alarma que le indicaba desde lo más profundo de sus ser que algo habría de cambiar.

Sintió la necesidad de salir a la calle a pasear, algo extraño últimamente en sus mañanas.

Pasear por las calles de la ciudad en los días soleados le calmaba en el pasado, le aportaba una sensación de paz interior que ya apenas recordaba.

 

Así que se dispuso a dar una vuelta sin rumbo fijo. Salió a la calle y a medida que se adentraba en la ciudad comenzó a observar el rostro de la gente con la que se encontraba. La mayoría iban absortos, como si no advirtieran que a lo largo de su trayectoria se cruzaban con gente que seguramente tendrían una vida tan rutinaria como la suya. En ese día era consciente de que su vida y la de la mayoría de las personas con las que se atravesaba observando de reojo era similar; todas ellas insulsas, con más obligaciones que devociones, con más momentos para olvidar que para recordar. Y era mejor así, no podía disimular sentir aversión y cierto desprecio por ese tipo de gente que figuradamente destilaba seguridad, que presumía de ser tan redondamente feliz.

 

Absorto en este tipo de pensamientos y sensaciones que despertaban en él los viandantes, llegó a un parque por el que tantas veces había pasado y tan pocas se había detenido. Y en ese instante se le antojó hermoso, decidió adentrarse en él, descubrió un banco solitario bajo un sauce y cierto magnetismo le llevó a sentarse. No tenía prisa, nada importante le requería.

Deseaba pensar, sí, pensar. Hacía tanto que no repasaba su pasado; poseía tantos instantes que no quería recordar, tantos sucesos que poner en orden que le daba miedo… pero en aquél momento sintió que debía hacerlo. De repente se contuvo, tomo aire, advirtió la fuerte necesidad de que debía deshacerse de tantos y tantos acontecimientos que no le permitían crecer, de tantas y tantas espinas atravesadas en sus entrañas vacuas…


Y decidió que de una vez por todas tendría que afrontar todo aquello que le anulaba. Todo y desde el principio.

 

Empezaría por su niñez, cuestión que no le gustaba mucho abordar, porque aunque fue en su apariencia más externa una niñez normal, fue asimismo un espacio desatinado, malogrado en su caminar.

La familia siempre fue un ente arbitrario que recurría a un sainete sempiterno y al planificado mecano de piezas siempre encajadas, más un ideal que un escenario perfecto. Una infancia donde halló más pesadillas que sueños. Algo que quedó ahí escondido, aletargado, que le hizo aumentar sus inseguridades.

En su preadolescencia descubrió la dureza de la gente, que hay personas que juguetean con otras, que hay frágiles y hay fuertes.


Siempre es mejor empezar desde abajo, para poco a poco poner las ideas en orden y llegar a donde se espera. Ahora se encontraba más tranquilo, y esta vez estaba seguro de que iba a afrontar toda su vida, que iba a alcanzar el final aunque le costara, aunque sufriera.

 

La etapa más larga de su vida fue y será la adolescencia, que apenas había abandonando a pesar de sus 48 años. Durante estos años se precipitaron las circunstancias más dolosas, donde asimiló la premisa de no esperar nada del mundo, salvo pequeñas salvedades que podía contar con los dedos de una mano.

 

La vida era tan difícil en su sencillez… Aprendió a amar y a ser amado, que quién más deseas te puede hacer sufrir, que el amor lastima, que dañar a alguien te puede dañar a ti, que la soledad no es tan maldita, que el mundo no cambia para remediar y sí para ser infame, que hay quien obtiene lo mejor de ti y otros lo más vil, que hay verdades que no se deben contar a nadie, que el mal curte, que hay soplos que no se han de aspirar, que existen huellas que sellan una vida, que por más que persigas huir de la realidad ésta te prende, que la felicidad no persevera, que conviven el apego y las distancias, que hoy compartes y mañana repartes, que no consigues mentirte perpetuamente, que aquello que codicias no tiene por qué ser lo que te conviene, que las personas nunca son lo que parecen, que lo que uno a veces más ansía es desvanecerse, que no te merece todo el que a ti se acerca y que tú no lo vales todo, que los deslices siempre se pagan, que la realidad puede lastimar, que los sensibles pueden ser infernales y los rencorosos compasivos, que hay hechos que atraviesas y sueños que perduran, que hay quien marcha contigo y quien corre a tu lado, que la locura a veces es hermosa y la mesura grotesca, que no siempre se favorece a quién amas, que puedes optar por no amar, que no por no llorar se es feliz, que locura y prudencia no están tan alejadas, que madurar puede doler, que lo bello puede ser agrio, que las penas se calman pero no sanan, que la verdad no siempre se advierte, que quién más te quiere no tiene por qué ser cándido, que en ocasiones por pretender tenerlo todo se derrama todo, que existir no es cómodo, que aunque pelees por algo la mayoría de las veces perderás, que en ocasiones es mejor marcharse que permanecer, que pueden no distinguir en ti lo que eres, pero sí lo que no eres, que podemos elegir y errar, que a veces una mirada lo expresa todo, que las señales a veces traicionan, que a veces no valoras lo que tienes hasta que desaparece, que además de la luz y la oscuridad existen las sombras, que no tienes por qué juzgar siempre tus actos, que a veces te sorprenderás a ti mismo, que la vida es una irremediable vereda hacia la muerte…

 

Después de recorrer su vida desde aquel solitario rincón, Paco alzó la cabeza, ya sabía algo más de quién era. En tres horas convino asumir su vida con sus errores y sus logros, con sus relámpagos admirables y con sus tinieblas desconsoladas; con sus risas mediocres y sus llantos incansables…

 

Al menos, ahora sabía a medias quién era y quizá mañana supiera a dónde deseaba llegar.

 

 

fp

 

 

 

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Una respuesta a Cuento para una mañana de Mayo

  • Muy a contrapelo de lo que muchos escritores noveles piensan, la narrativa es un género “duro”, que exige un complejo dominios de técnicas psicológicas, una gran precisión en la trama, subtramas y temática y una capacidad de síntesis que hace emborronar muchas cuartillas o desechar toneladas de fragmentos digitalmente estructurados.

    Si nos aventuramos en el relato corto. suelen aumentar los riesgos y en él la economía de medios está en proporción inversa con la profundidad.

    Aparentemente un texto sencillo, “Cuento para una mañana de Mayo”, nos mete de lleno en la mundividencia introductoria del género, donde el autor, sin despojarse de identidad merodea en el testimonio personal, íntimo, con el recurso del narrador omnisciente, cuyo escenario externo es sólo el decorado para un discurso ético, mu bien construido y escrito desde la óptica de un “adolescente” (digamos mejor, de una persona que adolece, que ha tenido una ya considerable vida de padeceres) de 48 años y que toma un respiro para recrear los complejos matices del “ethos” personal y colectivo.

    El relato, ficcional en la forma, encierra función introductoria y nos llevará de la mano del
    testimoniante-narrador y personaje en sucesivos episodios independientes.

    Su forma es concisa, reflexiva, agradable e intrínsecamente cautivadora. Su acimut humanista y su tono de sana reflexión, no del todo ajeno a la narrativa decimonónica (realista), pero con cierta influencia del Existencialismo.

    Lic. Eduardo V. Fernández
    Master of Arts (Moscow State University, 1986)
    San José de COSTA RICA, Centroamérica

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